El Síndrome de Willy Fog. Portugal

Hola a todos. Os estaréis preguntando que es esto del Síndrome de Willy Fog, pero no os preocupéis. Como “sufridor” de semejante dolencia os puedo explicar perfectamente en qué consiste. Básicamente es llevar lo de “culo de mal asiento” a su máximo exponente. O sea que me gusta mucho viajar  y que cada vez que tengo ocasión ni me lo pienso. Pero claro, esto es algo nuevo para mí. No es algo que me haya entrado de la noche a la mañana, no. He sido contagiado. Como si yo mismo fuese el epicentro de una terrorífica pandemia de la que jamás se puede escapar. Y la culpable de todo ello no es otra que mi chica, Mayte. Ella venía “sufriendo” desde hace muchos años esta enfermedad y como se me pega mucho, pues me la ha contagiado irremediablemente. Como consecuencia de ello he viajado más en los últimos tres años que en toda mi vida. He pasado de no salir de Andalucía (que sé que es triste cuando empecé con esto con 43 añazos) a viajar a tres países diferentes en el mismo año. Y lo cierto es que mola bastante. Así que, al igual que hice con mi serie de post “El Coleccionista” pues pretendo contaros a todos las anécdotas que he venido sufriendo en todos mis viajes.

Dicho esto comenzaré con mi primer viaje importante. Fue a Portugal, a la costa sur concretamente. Sé que no parece un viaje especialmente espectacular. No es como ir a Nueva York o a Moscú, lo sé, pero fue el primero que hice con Mayte y por eso lo considero así. Este viaje me sirvió para dos cosas principalmente; para corroborar que las playas de Portugal son preciosas y para volver a sufrir las heladas aguas de sus costas. Y por ahí sí que no paso. El agua fría y yo somos como el aceite y el agua. Como meter a Darth Vader en la nave Enterprise. Vamos, que no puede ser. O al menos yo intento que no sea. Recuerdo la primera vez que fui al país vecino. Estuve en Vila Real de Santo António. Ya sabéis, el sitio ese de las toallas. Para los más jóvenes: antes nos íbamos a comprar toallas allí porque no había chinos. Bueno sí los había, pero no estaban en España vendiendo cosas y diciendo “glasias” a cada momento. Pero vamos, yo no fui a comprar toallas y cuando iba de camino hacia la playa por el paseo marítimo me quedé anonadado con el espectáculo. Enseguida comencé a hacer planes en mi cabeza para montarme unas vacaciones en aquel sitio paradisiaco. Pero… todo se fue al garete en el momento en el que mis caldeados pies entraron en contacto con las gélidas aguas que acariciaban la playa plácidamente. Y es que siempre que voy a Portugal me pasa lo mismo. En el momento en el que me meto en el agua empiezo a preguntarme si no me he ido de vacaciones a Invernalia. Pero me estoy desviando del tema. Mi viaje a Portugal con Mayte fue fructífero. Aunque eso sí, al principio parecía que no. Al parecer, y digo al parecer porque yo no me di cuenta de nada, fui un poco pegajoso y la agobié a la pobre. Tenéis que entenderme. Es que yo cuando me enamoro pues soy así, un poco lapilla. Y claro, la pobre que llevaba mucho tiempo sola pues se encontró de pronto con un tío de metro ochenta con cara de tonto cada vez que ella le dedicaba una mirada. Yo es que me derretía como una chocolatina a las puertas del infierno. Luego pasaron más cosas. Cuando volví a Sevilla pensé que mi relación con Mayte se había terminado antes de empezar, pero no fue así. Creo que sirvió para darnos cuenta de ciertas cosas. Yo me percaté de que estar junto a alguien no era sentarse siempre a su lado y ella supongo que se dio cuenta de que no te debes quedar con la superficie. Hay que horadar un poco más.


 

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